Selbstmord

Será por influjo de los hados o la conjunción de los planetas en algún signo determinado, pero últimamente los temas escabrosos me rodean, ya porque colegas anden trabajando en ello y contagien su entusiasmo, ya porque formen parte de mi campo de interés. Uno de ellos es el suicidio, muerte voluntaria que tal vez se exprese mejor con el alemán Selbstmord. Constituye un tema muy interesante per se cuya representación en la literatura varía constantemente a lo largo de los siglos, según los aires de los cambios sociales, los autores, las modas literarias, etc. No es, ni mucho menos, un problema exclusivo del tiempo presente.

En la Antigüedad surge de inicio la figura de Sócrates, condenado a beber cicuta, o Séneca, quien se cortó las venas para acabar con su vida. Aristóteles (Ética a Nicómaco) condena la muerte voluntaria como un acto injusto que no permite la ley y que acarrea una suerte de deshonor, Platón (Leyes) dice que es un fin cobarde e impropio de varones, etc., etc. Ya en la literatura clásica, viene al paso Yocasta, que se ahorca al conocer el incesto cometido con Edipo, el sucidio de Dido tras la marcha de Eneas, etc.

Más adelante, san Agustín condena la muerte voluntaria en base a la Biblia y el quinto mandamiento, mientras santo Tomás apunta que atenta contra la ley natural y la comunidad, amén de negar la posibilidad de purgar el pecado. Asimismo, en la Edad Media diversos concilios (Arlés, Braga, Auxerre…) se pronuncian: se prohíbe que el cadáver reciba cualquier honra litúrgica y que sea enterrado en el camposanto, sus bienes han de confiscarse y su memoria debe ser difamada.

Y se llega a la Edad Moderna. Durante el pasado mes de noviembre tuve la fortuna de compartir buenos momentos con investigadores alemanes y españoles en el Schloss Mickeln (Düsseldorf), con ocasión de un encuentro sobre «Conflictos entre los saberes»). Pues bien, con uno de los participantes, Fernando Romo Feito, comenzamos un intercambio de opiniones acerca del suicidio en el teatro del Siglo de Oro. Un tema que, para sorpresa mayúscula, no ha sido objeto de atención detenida, hasta donde tengo noticia, salvo casos como La Numancia cervantina. Obviamente, se sabe que «desesperarse» era un pecado gravísimo y por ejemplo Campuzano se resiste a cometerlo en El casamiento engañoso de Cervantes. En La gran sultana se lee:

Es la desesperación
pecado tan malo y feo,
que ninguno, según creo,
le hace comparación.
El matarse es cobardía
y es poner tasa a la mano
liberal del Soberano
Bien que nos sustenta y cría.
(vv. 2025-2032)

Se cuentan otros casos de suicidio en La cisma de Ingalaterra (Volseo), El mayor monstruo del mundo (Herodes) o La hija del aire (Tiresias), por citar algunas piezas de Calderón. Entre la escasa tinta crítica, cabe recordar que Parker (1991) consideraba el suicidio como el peor castigo dentro del principio de justicia poética que según él regía el sistema dramático del Siglo de Oro, pues se negaba al personaje la oportunidad de salvarse.

Con la Ilustración vienen los primeros estudios sobre el fenómeno del suicidio, de la mano del creciente interés antropológico. Aunque se repiten los argumentos tradicionales de Aristóteles y san Agustín, también comienzan a alzarse las primeras voces que defienden el derecho del hombre a decidir sobre su vida. Sin embargo, esto no conlleva que los intelectuales lo aprueben, pues el suicidio implica el fracaso del proyecto ilustrado (ver Cuevas Cervera, 2006).

El panorama cambia con el Romanticismo, donde el suicidio gana fuerza como demostración pasional extrema, acorde con el gusto del momento por lo irracional, la muerte o lo tétrico. Ya sea como liberación frente al dolor, ejercicio de libertad o muestra de rebeldía, a lar que prosiguen los debates teóricos parece que el suicidio crece tanto en la realidad como en la ficción (Sebold, 1973). Die Leiden des junges Werthers de Goethe, Don Álvaro o la fuerza del sino del duque de Rivas, El trovador de García Gutiérrez, Macías de Larra… son sólo algunas de las piezas donde los héroes románticos escogen este camino.

Luis Galván, con su lucidez característica, tiene entre manos un proyecto sobre el suicidio en el Modernismo español, del que dio noticia en una ponencia titulada «”Nuestro suicidio”: literatura, vida y poder en el Modernismo», presentado en el Coloquio Internacional «Violencia y crisis culturales: Literatura e Historia en el siglo XX» (Pamplona, 2-3 de noviembre de 2011) y que ojalá vea pronto la luz en papel.

Más cercano, Vila-Matas firma Suicidios ejemplares (1991), una colección de doce relatos que, por caminos diversos, acaban en la meta común del suicidio. Según se lee al comienzo, se trata de un libro escrito «contra la vida extraña y hostil», para orientarse «en el laberinto del suicidio a base de marcar el itinerario de mi propio mapa secreto y literario». Sembrados de referencias literarias y culturales marca de la casa, es a todas luces un buen ejemplo del arte de escribir cuentos, que por ejemplo recomienda Roberto Bolaño.

Basten estas notas panorámicas (muy, pero que muy incompletas) para animar a los mencionados colegas a seguir con sus proyectos y, de paso, incitar a otros a hincar el diente al tema (que no a quitarse la vida, quede claro). Vale.

Algunas referencias útiles:

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2 comentarios

  1. Más que interesante el tema que abordas, Adrián. Por lo que respecta al XVIII, donde se percibe ya un cambio de signo y de interpretación sobre el suicidio bastaría detenerse en las referencias que salpican las “Noches lúgubres” de Cadalso, redactada entre 1771 y1772, en plena Ilustración, como liberación ante del dolor y al mismo tiempo acto de rebeldía. Un abrazo y felicitaciones por el blog (nos veremos en Oviedo?). Franco

  2. […] peligrosos: del incesto en la comedia áurea». Que nadie se asuste, pues ya avisé en una entrada anterior que en los últimos tiempos ando metido en temas algo […]

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