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Enfermos del mal de Montano

Para María Arce,
amiga «montana»
y, especialmente, buena gente.

A todas luces, Enrique Vila-Matas constituye una de las mejores plumas en activo de la literatura en lengua castellana. Su extensa obra destaca por la búsqueda constante de originalidad, la intertextualidad extrema y la reflexión metaliteraria, que dan cauce a un abanico de temas y preocupaciones bastante definido: las inseguridades de la vida humana, la aventura y el viaje, la locura y la soledad, o la muerte y el suicidio. Junto a un par de compilaciones de cuentos (Suicidios ejemplares, 1991; Hijos sin hijos, 1993) y algunos ensayos, sus relatos y novelas componen un variado panorama novelístico que experimenta con diferentes géneros y técnicas narrativas: Historia abreviada de la literatura portátil (1985),Bartleby y compañía (2002), Doctor Pasavento (2005) o Dublinesca (2010).

Toda su producción se nutre de la lectura de otros escritores y medita constantemente sobre el arte de narrar y el proceso de escribir. Esto, junto con la complejidad y la inter- e intratextualidad que caracteriza su escritura, ha hecho que Vila-Matas fuese, al menos durante un tiempo, un autor algo minoritario o, si se prefiere, selecto. Asimismo, al núcleo ficcional suma algunas gotas de realidad a partir de sus propias vivencias autobiográficas.

En este sentido destaca El mal de Montano (2002), que fue justamente galardonado con varios premios. Se trata de un texto entre la novela, el ensayo, el diario personal y el relato de viajes donde prima la estructura y la reflexión por encima del argumento en sí. El narrador-protagonista, que firma como Rosario Girondo, atraviesa un período de crisis en el que no puede escribir. Para curarse, escribe «El mal de Montano», nouvelle construida a partir de anotaciones en un diario que constituye el primer capítulo del libro; sigue un diccionario personal de escritores de diarios, una conferencia dramatizada en Budapest, el «Diario de un hombre engañado» que reproduce un adulterio imaginado y una breve culminación simbólica.

Tampoco faltan en este texto las referencias a Portugal, país al que Vila-Matas (y un servidor) se siente muy unido:

Portugal parece de verdad, parece otro mundo. Cuando voy a Lisboa ando por las calles de esa ciudad como si hubiera estado siempre en ella. […] cuando en 1989 fui por segunda vez, tuve la impresión de que siempre había estado en esa ciudad, sentía en cada esquina la memoria difusa de haberla ya doblado. ¿Cuándo? No sabía. Pero ya había estado allí antes de haber estado nunca. […] En Lisboa me siento en casa (pp. 184-185).

Quien sufre el mal de Montano está enfermo de literatura: piensa, siente y ve el mundo desde un prisma formado por sus lecturas. Se lee: «Hablar en libro es leer el mundo como si fuera la continuación de un interminable texto» (p. 55). El personaje, de hecho, acaba deseando combatir los males de la literatura y, dando un paso más, encarnar la literatura misma para defenderla mejor. Más allá de esto, este mal para Valls no se refiere sólo «a la enfermedad de la literatura, sino también a las distintas perversiones en las que ha caído ésta en los últimos tiempos y no por culpa del realismo» (2003, p. 302). Por otra parte, también se trata de un proceso de autoconocimiento, donde se ve afectado el autor a través de su alter ego.

Al fin y al cabo, aquí o allá, quienes amamos la literatura somos un poco Quijotes, somos un poco Montanos.

  • Valls, F., «Don Quijote de las azores o el último novísimo», en La realidad inventada. Análisis crítico de la novela espanola actual, Barcelona, Crítica, 2003, pp. 302-305.
  • Vila-Matas, E., El mal de Montano, 4.a ed., Barcelona, Anagrama, 2011.

Delibes dice adiós

Miguel Delibes cuenta con una extensa producción novelística sembrada a lo largo de 60 años. Su obra constituye un paso esencial en el panorama de la narrativa española posterior a la Guerra Civil desde La sombra del ciprés es alargada (1948). Además, representa una buena guía de las distintas fases por las que pasa la novela en España, desde la novela existencial de los 40-50 hasta una problemática de corte social y actual, o desde un realismo minucioso hacia técnicas más experimentales como se ve en Cinco horas con Mario (1966), siendo «la busca de autenticidad», la elección del camino auténtico, la preocupación fundamental de su obra (Sobejano).

En el mundo literario de Delibes no faltan incursiones biográficas, desde su amor por el campo y la caza, dos temas recurrentes en su producción, hasta las notas personales en sus personajes, que imparten conferencias en Europa y Estados Unidos, etc., etc.

De claros tintes autobiográficos es Señora de rojo sobre fondo gris (1991), novela que constituye una declaración de amor y un claro homenaje de Delibes a su mujer, Ángeles de Castro, que falleció a los 50 años en 1974. La mano de pintura con que cubre la literatura no impide apreciar a Delibes tras el ficticio protagonista. De hecho, para algunos el texto es una suerte de exorcismo literario que sirvió al escritor para aliviar su dolor ante tal pérdida. El título procede de un retrato de su mujer pintado por Eduardo García Benito, que puede considerarse la razón que justifica el salto de la literatura al arte pictórico.

Un célebre pintor relata a su hija los recuerdos sobre la vida con su mujer, Ana, y especialmente durante su enfermedad y muerte a los 48 años. La hija desconocía muchos detalles al haber estado encarcelada junto a su marido por motivos políticos, razón por la que no se le informa de la gravedad de los hechos hasta que no puede ocultarse por más tiempo. El relato, ambientado poco después de la desgracia, es esencialmente un monólogo salpicado de saltos en el tiempo, recuerdos y descripciones, para conformar un discurso íntimo donde prima el dolor.

La vitalidad de su esposa era el pilar de su familia y de su carrera, pues ella se ocupaba del bienestar común, de la organización de la agenda del artista, etc. Su dolencia y posterior ausencia marcan un punto de inflexión para el pintor, que ve cómo su inspiración desaparece poco a poco, casi al compás que marca el avance del tumor cerebral que acabará con Ana. Así, en una emotiva escena se da cuenta de la verdad y confiesa que ella es su particular musa:

No había advertido mi presencia, pero cuando subí otro peldaño, dirigió los ojos a la escalera sin el menor sobresalto; sonrió al verne: No bajan los ángeles, ¿verdad?, dijo. Me miraba resignada, con una pálidad piedad. Yo asentí con la cabeza. ¿Hace mucho tiempo? Hice un esfuerzo: Desde que enfermaste, dije. Dobló la cabeza como solía hacer, buscando una perspectiva más favorable para mirarme. Pero supongo que no tendrá nada que ver una cosa con la otra, añadió. Fue algo imprevisto. Iba a responderle que no, que mi sequía actual era una crisis más, que pasaría como habían pasado otras, pero, repentinamente, titubeé, se me aflojó la garganta y rompí a llorar. Nunca había llorado ante ella y, entonces, me cogió de las manos y me sentó a su lado, en el sofá, dejando que mi cabeza reposara sobre su hombro. Me acarició la frente: No te aturdas; déjate vivir, decía. Súbitamente le confesé que no eran los ángeles, sino ella la que pintaba por mí, que yo me limitaba a ser un médium, un eco de su sensibilidad. Aproximó la cabeza para mirarme fijamente a los ojos: Eres tú quien pinta; métetelo en la cabeza, dijo. Señalé los cuadros arrinconados: Ya lo ves, añadí descorazonado. Me besó espontáneamente en la mejilla y dijo: Primo dice que el artista es un Guadiana que aflora y se sumerge alternativamente. Rodeé con mi brazo sus frágiles hombros y la atraje hacia mí. Veía sus ojos tan próximos que me ofuscaban: Estás un poco trastornado con mi operación, eso es todo. La besé. Debes serenarte, añadió. Nos besamos otra vez, luego muchas, cada vez más honda y frenéticamente, y acabamos amándonos allí mismo, sobre el diván, como habíamos hecho otras veces. Fue nuestra despedida (pp. 132-133).

Tras esto, los preparativos, la operación, el deterioro y la muerte. Una puerta que se cierra, y con ella todo un mundo, un orden, al que se dice adiós.

  • Delibes, M., Señora de rojo sobre fondo gris, Madrid, Destino, 2010.
  • Sobejano, G., Novela española de nuestro tiempo (en busca del pueblo perdido), 2. ed., Madrid, Prensa Española, 1975.

P.D.: Para acabar, una cita del comienzo sobre la relación de Ana con los libros:

En este terreno se movía un poco en la quimera. Amaba el libro, pero el libro espontáneamente elegido. Ella entendía que el vicio o la virtud de leer dependían del primer libro. Aquel que llegaba a interesarse por un libro se convertía inevitablemente en esclavo de la lectura. Un libro te remitía a otro libro, un autor a otro autor, porque, en contra de lo que solía decirse, los libros nunca te resolvían problemas sino que te los creaban, de modo que la curiosida del lector siempre quedaba instatisfecha. Y al apelar a otros títulos, iniciabas una cadena que ya no podía concluir sino con la muerte. Sentía avidez por la letra impresa. Y me la contagió (p. 22).

¿Quién no ha sentido alguna vez esta sana voracidad lectora?

Selbstmord

Será por influjo de los hados o la conjunción de los planetas en algún signo determinado, pero últimamente los temas escabrosos me rodean, ya porque colegas anden trabajando en ello y contagien su entusiasmo, ya porque formen parte de mi campo de interés. Uno de ellos es el suicidio, muerte voluntaria que tal vez se exprese mejor con el alemán Selbstmord. Constituye un tema muy interesante per se cuya representación en la literatura varía constantemente a lo largo de los siglos, según los aires de los cambios sociales, los autores, las modas literarias, etc. No es, ni mucho menos, un problema exclusivo del tiempo presente.

En la Antigüedad surge de inicio la figura de Sócrates, condenado a beber cicuta, o Séneca, quien se cortó las venas para acabar con su vida. Aristóteles (Ética a Nicómaco) condena la muerte voluntaria como un acto injusto que no permite la ley y que acarrea una suerte de deshonor, Platón (Leyes) dice que es un fin cobarde e impropio de varones, etc., etc. Ya en la literatura clásica, viene al paso Yocasta, que se ahorca al conocer el incesto cometido con Edipo, el sucidio de Dido tras la marcha de Eneas, etc.

Más adelante, san Agustín condena la muerte voluntaria en base a la Biblia y el quinto mandamiento, mientras santo Tomás apunta que atenta contra la ley natural y la comunidad, amén de negar la posibilidad de purgar el pecado. Asimismo, en la Edad Media diversos concilios (Arlés, Braga, Auxerre…) se pronuncian: se prohíbe que el cadáver reciba cualquier honra litúrgica y que sea enterrado en el camposanto, sus bienes han de confiscarse y su memoria debe ser difamada.

Y se llega a la Edad Moderna. Durante el pasado mes de noviembre tuve la fortuna de compartir buenos momentos con investigadores alemanes y españoles en el Schloss Mickeln (Düsseldorf), con ocasión de un encuentro sobre «Conflictos entre los saberes»). Pues bien, con uno de los participantes, Fernando Romo Feito, comenzamos un intercambio de opiniones acerca del suicidio en el teatro del Siglo de Oro. Un tema que, para sorpresa mayúscula, no ha sido objeto de atención detenida, hasta donde tengo noticia, salvo casos como La Numancia cervantina. Obviamente, se sabe que «desesperarse» era un pecado gravísimo y por ejemplo Campuzano se resiste a cometerlo en El casamiento engañoso de Cervantes. En La gran sultana se lee:

Es la desesperación
pecado tan malo y feo,
que ninguno, según creo,
le hace comparación.
El matarse es cobardía
y es poner tasa a la mano
liberal del Soberano
Bien que nos sustenta y cría.
(vv. 2025-2032)

Se cuentan otros casos de suicidio en La cisma de Ingalaterra (Volseo), El mayor monstruo del mundo (Herodes) o La hija del aire (Tiresias), por citar algunas piezas de Calderón. Entre la escasa tinta crítica, cabe recordar que Parker (1991) consideraba el suicidio como el peor castigo dentro del principio de justicia poética que según él regía el sistema dramático del Siglo de Oro, pues se negaba al personaje la oportunidad de salvarse.

Con la Ilustración vienen los primeros estudios sobre el fenómeno del suicidio, de la mano del creciente interés antropológico. Aunque se repiten los argumentos tradicionales de Aristóteles y san Agustín, también comienzan a alzarse las primeras voces que defienden el derecho del hombre a decidir sobre su vida. Sin embargo, esto no conlleva que los intelectuales lo aprueben, pues el suicidio implica el fracaso del proyecto ilustrado (ver Cuevas Cervera, 2006).

El panorama cambia con el Romanticismo, donde el suicidio gana fuerza como demostración pasional extrema, acorde con el gusto del momento por lo irracional, la muerte o lo tétrico. Ya sea como liberación frente al dolor, ejercicio de libertad o muestra de rebeldía, a lar que prosiguen los debates teóricos parece que el suicidio crece tanto en la realidad como en la ficción (Sebold, 1973). Die Leiden des junges Werthers de Goethe, Don Álvaro o la fuerza del sino del duque de Rivas, El trovador de García Gutiérrez, Macías de Larra… son sólo algunas de las piezas donde los héroes románticos escogen este camino.

Luis Galván, con su lucidez característica, tiene entre manos un proyecto sobre el suicidio en el Modernismo español, del que dio noticia en una ponencia titulada «”Nuestro suicidio”: literatura, vida y poder en el Modernismo», presentado en el Coloquio Internacional «Violencia y crisis culturales: Literatura e Historia en el siglo XX» (Pamplona, 2-3 de noviembre de 2011) y que ojalá vea pronto la luz en papel.

Más cercano, Vila-Matas firma Suicidios ejemplares (1991), una colección de doce relatos que, por caminos diversos, acaban en la meta común del suicidio. Según se lee al comienzo, se trata de un libro escrito «contra la vida extraña y hostil», para orientarse «en el laberinto del suicidio a base de marcar el itinerario de mi propio mapa secreto y literario». Sembrados de referencias literarias y culturales marca de la casa, es a todas luces un buen ejemplo del arte de escribir cuentos, que por ejemplo recomienda Roberto Bolaño.

Basten estas notas panorámicas (muy, pero que muy incompletas) para animar a los mencionados colegas a seguir con sus proyectos y, de paso, incitar a otros a hincar el diente al tema (que no a quitarse la vida, quede claro). Vale.

Algunas referencias útiles:

teatroquijotesco

Adaptaciones y recreaciones teatrales del Quijote

No solo de yod vive...

Blog de literatura de Adrián J. Sáez

Blog de literatura de Adrián J. Sáez

Didascalias

Apuntes sobre teatro aurisecular y otros temas literarios, artísticos... y de la vida en general

Oro de Indias

Notas muy sueltas de un filólogo vagamundo entre dos orillas

Por vista de ojos

Un blog de Álvaro Baraibar

El festín de Homero

Blog de literatura de Adrián J. Sáez

El sur es el norte

Blog de literatura de Adrián J. Sáez

El donoso escrutinio

Blog de lecturas, libros y actividades de la Asociación de Cervantistas

Ínsula Barañaria

Blog de literatura de Carlos Mata Induráin

El Jardín de los Clásicos

Blog de literatura de Adrián J. Sáez

Calderón en red

Una biblioteca calderoniana

Bibliografía Calderoniana

Blog impulsado por el Anuario Calderoniano

La Vida, un Frenesí

Un Conde-Duque ignominiosamente honrado