Publicaciones de la categoría: Poesía del Siglo de Oro

Poesía del Bajo Barroco en Neuchâtel: visita de Pedro Ruiz Pérez

Esta semana la pequeña ciudad de Neuchâtel (Suiza), ha tenido la fortuna de acoger a Pedro Ruiz Pérez, profesor de la Universidad de Córdoba y buen amigo. Invitado por Antonio Sánchez Jiménez, Ruiz Pérez ha dictado una conferencia titulada «La poesía del Bajo Barroco: un proyecto de investigación», sin duda un campo que conoce como la palma de su mano.

Pedro Ruiz Pérez y Antonio Sánchez Jiménez a orillas del lago de Neuchâtel.

En su amena charla, Pedro ha ilustrado al auditorio sobre el proyecto «Poesía Hispánica en el Bajo Barroco» que dirige. Desde las inquietudes iniciales nacidas con el grupo PASO, ha planteado los problemas planteados (calidad lírica vs. desarrollo de novedades poéticas, relación entre modelos opuestos, etc.), las hipótesis de trabajo o las fases del proyecto, que comprende la elaboración de recursos bibliográficos, el establecimiento del repertorio poético del período tratado y la edición de textos poéticos poco conocidos.

El escaparate privilegiado de este proyecto es una página web de sumo interés para todos los curiosos e interesados en la poesía tardobarroca: http://phebo.es/

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Creencias curiosas: heridas que vuelven a sangrar

Caro Baroja (De la superstición al ateísmo) decía que con el tiempo crece el campo de la ciencia y disminuye el de la creencia. En una época de notables cambios en este sentido pero en que las supersticiones todavía tenían gran fuerza entre la gente, se mantienen algunas ideas añejas sobre ciertos fenómenos sorprendentes.

Tradicionalmente se consideraba que las heridas del cadáver de un hombre muerto violentamente volvían a sangrar en presencia de su asesino. Testimonio sobrenatural, se sitúa en el marco de crimen y castigo, de venganza. En Ivain o El Caballero del León de Chrétien de Troyes y en los Nibelungos el criminal es descubierto o está cerca de ello por la proximidad delatora de su víctima, entre quienes parece haber un pacto o conexión prodigioso. Se trata de la prueba de sangre como juicio de Dios, también denominada juicio de sangre, prueba del ataúd (Bahrprobe) y sangre acusadora o delatora.

La muerte de Sigfrido.

A partir de una fase folclórica, la poesía italiana (Serafino Aquilano), y con ella la española con autores como Gutierre de Cetina, se valió de esta idea asociándola con el tópico de la muerte de amor: del mismo modo que el cadáver sangra si lo mira su asesino, el enamorado siente que sus heridas se abren en la presencia de la dama que, metafóricamente, lo ha matado de amor (Alonso, 2003, p. 72; Marcos Marín, 2007, pp. 148-150). Escribe Cetina en un soneto (núm. 127):

Cosa es cierta, señora, y muy sabida,
aunque el secreto della está encubierto,
que lanza de sí sangre un cuerpo muerto
si se pone a mirarlo el homicida. (vv. 1-4)

Era idea tan arraigada en la época áurea que incluso el médico Juan Fragoso estudia la cuestión en su Cirugía universal (1581): aunque duda de tal suceso, acaba concediendo que puede ocurrir: «se ha de creer que acontece esto con secreto juicio de Dios, que quiere con esta señal descubrir al matador, porque la sangre de los muertos da voces pidiendo venganza, como se lee en el Génesis [4, 10] de Abel, muerto por Caín su hermano, donde dijo Dios: “La voz de la sangre de tu hermano me da voces desde la tierra”».

En el Siglo de Oro español funciona como tema literario y como instrumento de prueba judicial. Por peregrina que pueda parecer, lo cierto es que existen varios testimonios jurídicos en los que se consideró este ordalía de la sangre acusadora, si bien se trataba de un práctica marginal (y efectiva) que sorprendía a los contemporáneos «precisamente por no formar parte de las pruebas judiciales aceptadas por el derecho vigente» (Avalle-Arce, 1972, p. 518).

Para quien guste, algunos materiales para curiosear:

  • Atkinson, D., «Magical Corpses: Ballads, Intertextuality, and the Discovery of Murder», Journal of Folklore Research, 36.1, 1999, pp. 1-29.
  • Alonso, Á., «Halcones remontadores y cadáveres que sangran: Dos tópicos entre Cetina y la poesía octosilábica», eHumanista, 3, 2003, pp. 68-76. [http://www.ehumanista.ucsb.edu/volumes/volume_03/Articles/09232003Alonso.pdf]
  • Avalle-Arce, J. B., «La sangre acusadora», Boletín de la Real Academia Española, 52 1972, pp. 511-518.
  • García Herrero, M.ª del C., «Una burla y un prodigio. El proceso contra la Morellana (Zaragoza, 1642)», Aragón en la Edad Media, 13, 1997, pp. 167-194.
  • Marcos Marín, F., «Algunas notas sobre la prueba de sangre», Boletín de la Real Academia Española, 51, 1971, pp. 513-522.
  • –   «Sangre y tinta desde Ivain hasta La venganza de don Mendo», en Cálamo currente. Homenaje a Juan Bautista de Avalle-Arce, ed. M. Zugasti, Rilce, 23.1, 2007, pp. 145-156.
  • Rodríguez Marín, F., Las supersticiones en el «Quijote», Madrid, Centro de Intercambio Intelectual Germano-Español, 1926.

Versos desde Ámsterdam

El universo poético del Siglo de Oro es mucho más rico y variado que la producción de Góngora, Quevedo o Villamediana, que no es poco. Junto a las grandes figuras, la poesía escrita entre 1650 y 1750 -período denominado Bajo Barroco- ha recibido en los últimos tiempos una merecida atención, gracias en buena parte a los esfuerzos del Grupo PASO (Poesía Andaluza del Siglo de Oro) y al CELES (Centro de Estudios de Literatura Española de EntreSiglos) XVII-XVIII.

En este contexto se sitúa el Congreso Internacional «Heterodoxias y periferias en la poesía hispánica del Bajo Barroco», que me ha llevado a Ámsterdam los días 28 y 29 de junio (y alguno más, afortunadamente). Bajo el título enunciado, se abordaron muy diversos campos: desde la producción del marrano Miguel de Barrios (Harm den Boer, Antonio Sánchez Jiménez), aspectos materiales del impreso poético posbarroco (Jean-Marc Buiguès), discusión de interpretaciones de piezas controvertidas (Pablo Valdivia, afectuoso y hilfsbereit), poesías en relaciones de algunos autos de fe en Granada (Cristina Moya) y en los márgenes de ciertas piezas de Trillo y Figueroa (Almudena Marín Cobos), reflexiones acerca de Salazar y Hontivero (el jefe Pedro Ruiz Pérez) o el conde de Rebolledo (Ana Isabel Martín Puya), los inicios de la historiografía literaria (Ignacio García Aguilar, que vale para todo), los versos castellanos de algunos poetas portugueses en el contexto de 1640 (Jaime Galbarro, grande como él solo en todos los sentidos), hasta un subgénero poco atendido como es la poesía religiosa burlesca (Itzíar López Guil y un servidor).

Un simposio reducido y familiar donde, al lado del enriquecimiento mutuo, brillaron la amistad y los buenos momentos. Porque la ciudad lo favorece, porque la Eurocopa pintaba bien (y así acabó), y porque el tiempo compartido con tan buena gente (arriba, ¡ay!, sólo constan cinco de ellos) es insustituible.

¡Arrepiéntete!

El arrepentimiento es el acto mediante el cual se reconoce el pesar por algo pasado y se hace propósito de enmienda. Más allá, es un cambio interno, del corazón y de la mente, que, por tanto, supone un nuevo renacer del individuo. En muchos textos clásicos, y pienso en La conversión de la Magdalena de Pedro Malón de Chaide, se representa como un cambio de vestido por el que el hombre se desnuda de sus viejos ropajes y adopta unos nuevos tras rectificar sus pasos, o con la imagen de una serpiente que muda de piel. Por supuesto, aunque este proceso puede entederse en clave humana (generalmente amorosa), predomina la óptica religiosa o divina, como una vuelta al rebaño de Dios tras un período de alejamiento, como puede verse en algunos pasajes bíblicos y en las Confesiones de san Agustín.

El poemario Un Heráclito cristiano y segunda arpa a imitación de la de David de Quevedo ya advierte con su bien significativo título de su materia central: porque tanto el filósofo griego que lloraba por las necedades de los hombres como la figura del rey David remiten al tema del arrepentimiento. Precisamente, comienza con un soneto titulado «Pide a Dios le dé lo que le conviene, con sospecha de sus propios deseos»:

Un nuevo corazón, un hombre nuevo
ha menester, Señor, la ánima mía;
desnúdame de mí, que ser podría
que a tu piedad pagase lo que debo.
Dudosos pies por ciega noche llevo,
que ya he llegado a aborrecer el día,
y temo que hallaré la muerte fría
envuelta en, bien que dulce, mortal cebo.
Tu hacienda soy; tu imagen, Padre, he sido,
y, si no es tu interés en mí, no creo
que otra cosa defiende mi partido.
Haz lo que pide verme cual me veo,
no lo que pido yo, pues, de perdido,
recato mi salud de mi deseo.

En el caso de otro ingenio áureo como Lope de Vega, su incursión en la poesía religiosa tiene mucho que ver con la crisis espiritual que atraviesa en torno a 1610, momento en que lamenta sus pecados de juventud y privilegia los versos divinos sobre las obras profanas, como prueban las Rimas sacras (1614) y los Soliloquios amorosos de un alma a Dios (1626). Véase el soneto núm. 18:

¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta cubierto de rocío
pasas las noches del invierno escuras?
¡Oh cuánto fueron mis entranas duras,
pues no te abrí! !Qué extrano desvarío
si de mi ingratitud el yelo frío
secó las llagas de tus plantas puras!
¡Cuántas veces el ángel me decía:
«Alma, asómate agora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía»!
¡Y cuántas, hermosura soberana,
«Manana le abriremos», respondía,
para lo mismo responder manana!

En rigor, se diferencian tres fases: la contritio, la confessio y la satisfactio, según escribe santo Tomás (Suma Teológica, III, q. 90). En plata: lo que se conoce normalmente como el arrepentimiento, esto es, la expresión del dolor y el pesar por las culpas, favorecido por la gracia divina y a menudo manifestado en forma de lágrimas; la confesión de los pecados; y el pago, la compensación con obras de penitencia de la pena por las culpas cometidas.

Especialmente rentable en el universo literario es el arrepentimiento in extremis, solicitado a última hora, a las puertas de la muerte, que permite mostrar la misericordia infinita para los pecadores en un clímax final de gran fuerza emotiva para el auditorio. Recuérdense los casos, todos diversos, de don Juan en El burlador de Sevilla o la Celestina en la Tragicomedia…, que no obtienen fruto, frente a las conversiones ejemplares de tantos pecadores en las comedias de santos del Siglo de Oro.

Porque, al final, más vale tarde que nunca.

Bibliografía

  • Deyermond, A., «“¡Muerto soy! ¡Confesión!”. Celestina y el arrepentimiento a última hora», Medievalia, 40, 2008, pp. 33-38.
  • Flasche, H., «El tema del arrepentimiento en Calderón», Iberoromania, 23, 1986, pp. 174-184.
  • Gallego Zarzosa, A., «Heráclito cristiano: la construcción del arrepentimiento», La Perinola, 13, 2009, pp. 249-261.
  • Novo Villaverde, Y., «“Erlebnis” y “poesis” en la poesía de Lope de Vega: el ciclo de arrepentimiento y las Rimas sacras (1614)», Boletín de la Biblioteca de Menéndez Pelayo, 67, 1991, pp. 35-74.
  • Quevedo, F. de, «Un Heráclito cristiano», «Canta sola a Lisi» y otros poemas, ed. L. Schwartz e I. Arellano, Barcelona, Crítica, 1998.

Quevedo ante la muerte de don Quijote

En el marco de las incontables pervivencias a las que ha dado lugar el Quijote y la creación cervantina en general, no parece haber género, lengua o autor que evite ofrecer su propia revisión. Por ello, dentro del GRISO de la Universidad de Navarra se ha fundado el grupo «Recreaciones Quijotescas y Cervantinas» (RQC), con el fin de editar y estudiar las obras literarias en que aparezcan nuevas versiones de las aventuras de don Quijote, de personajes y episodios de este y otros textos, Cervantes como personaje de ficción, etc., etc. Se trata de un proyecto ambicioso, para el que se requiere la colaboración de especialistas de distintas ramas, de modo que se pueda atender a las traducciones y las recreaciones en otras lenguas y literaturas.

Imagen de J. W. A. Hilverdink para De wonderbare avonturen van ridder Don Quichot van Mancha en zijn schldknaap Sancho-Pansa, Ámsterdam, 1867. [Banco de imágenes del Quijote]

Francisco de Quevedo no permaneció al margen de todo esto: a él se debe un romance burlesco titulado «Testamento de don Quijote», donde reescribe los últimos momentos del personaje. Si Cervantes hace que recupere la cordura, Quevedo se rebela y expire fiel a sus ideales caballerescos, sin perder un ápice de su característica locura.

Un comentario del poema se puede ver en:

Sáez, A. J., «De Cervantes a Quevedo: testamento y muerte de don Quijote», La Perinola, 16, 2012, pp. 239-258.

El texto, hermanado con otro sobre el final del Quijote, se encuentra accesible aquí.

Eros y el sueño alrededor del Siglo de Oro

Für H. und W., die ihre Träume schreiben.

El sueño es un estado que ha dado pie a manifestaciones artísticas muy variadas y ha propiciado reflexiones desde la Antigüedad. Seguramente se deba a esa condición de «vida inconsciente» activa mientras se duerme y que se relaciona de alguna manera con la realidad. Mucho antes del psicoanálisis se encuentra en las páginas de la literatura el artificio del sueño, ya sea en rápidas referencias o como mecanismo central de la obra, baste citar las archiconocidas La vida es sueño de Calderón o A Midsummer Night´s Dream de Shakespeare. La curiosidad que despierta y el abanico de posibilidades que ofrece explican tal abundancia, que presenta aspectos originales en cada  autor, época y/o autor.

En el mundo poético de Quevedo parece haber lugar para toda suerte de temas. Entre ellos no falta el sueño erótico, una modalidad especial presente en un soneto que González de Salas, editor de El Parnaso español, titula «Amante agradecido a las lisonjas mentirosas de un sueño»:

¡Ay, Floralba! Soñé que te… ¿Dirélo?
Sí, pues que sueño fue: que te gozaba.
¿Y quién, sino un amante que soñaba,
juntara tanto infierno a tanto cielo?
Mis llamas con tu nieve y con tu yelo,
cual suele opuestas flechas de su aljaba,
mezclaba Amor y honesto las mezclaba,
como mi adoración en su desvelo.
Y dije: «Quiera Amor, quiera mi suerte,
que nunca duerma yo, si estoy despierto,
y que si duermo, que jamás despierte.»
Mas desperté del dulce desconcierto;
y vi que estuve vivo con la muerte,
y vi que con la vida estaba muerto.

El poeta-amante duda si revelar a su amada el contenido de su sueño, pues no casa bien dentro de las convenciones de la poesía petrarquista, y desarrolla después el contraste entre el sueño y el contacto carnal, que implican ambos una suspensión de tiempo y conducen al cielo o al infierno. El desvelo, no por fingido menos intenso, de este poema, se difumina en otro soneto posterior que Antonio de Solís dedica «A un bien soñado»:

Gozaba yo (harto digo), yo gozaba
(¡oh, sinsabor de mi fortuna injusto!);
gozaba, pues (¡gran novedad!), un gusto;
soy infeliz: ¿quién duda que soñaba?
Fantástica una dicha me alentaba;
mas desperté y la dicha paró en susto,
que sabe ser hipócrita un disgusto;
y el mayor gusto miente si se acaba.
Este rato de muerte fugitivo
viví, y al despertar, muerte enojosa
me fue la vida, ¡oh, riesgo de mi suerte!
¡Que muera yo de enfermedad de vivo!
Que una vez que la muerte me es gustosa,
ha de haber sido temporal la muerte!

Por azar, últimamente ha caído en mis manos una obrita curiosa: El libro de la interpretación de los sueños (Onerocritica) de Artemidoro de Daldís. La interpretación del significado de los sueños ha hecho correr mucha tinta desde Freud (Die Traumdeutung, 1900), pero mucho antes ya se encuentran obras dedicadas a ello, y a veces (¿muchas?) de mayor interés. Así, Artemidoro lleva a cabo un primer intento de clasificación de los tipos de sueños y sus significados. Según explica en el proemio del libro IV, ha recopilado los sueños en el mismo orden que los puede tener el hombre, con los hechos que van de la cuna a la sepultura, y además relaciona cada uno de ellos con la realidad y sus consecuencias, «sin fiarme a la ligera de la conjetura, sino de la experiencia y del cumplimiento de los sueños» (p. 309).

Desde luego, se detiene en el sentido que tiene soñar con relaciones sexuales (libro I, 78), con un detenimiento que hoy puede parecer jocoso: con la esposa es indicio de beneficios, se relaciona con la muerte si es con prostitutas (por el prostíbulo, no por la mujer), cambia si es con esclavos, familiares, esposas de otros, etc. O un sutil matiz sobre acostarse con mujeres desconocidas:

Cuando uno sueña que hace el amor con una mujer que no conoce, si esta es guapa, agradable, lleva vestidos caros y elegantes, collares de oro y se entrega al acto sexual, es una buena señal para el que lo ha soñado y le indica que va a conseguir algo importante. En cambio, si es una mujer vieja, fea, deforme, mal vestida, de aspecto miserable y que no se presta a la relación sexual, significa lo contrario del caso anterior. Es necesario considerar que las mujeres desconocidas son símbolo de los hechos que le van a suceder al que lo ha soñado. Por ello, según sea la mujer y según se encuentre, así serán los asuntos de la persona en cuestión (I, 78, p. 154).

Para muestra, un botón.

Algunas referencias:

  • Alatorre, A., El sueño erótico en la poesía española del Siglo de Oro, México, Fondo de Cultura Económica, 2003.
  • Carreira, A., «Notas al margen de El sueño erótico en la poesía española del Siglo de Oro», Nueva Revista de Filología Hispánica, 52.2, 2004, pp. 465-488.
  • Daldís, A. de, El libro de la interpretación de los sueños, ed. M. C. Barrigón Fuentes y J. M. Nieto Ibañez, Madrid, Akal, 1999.
  • Gil, L., «Procvl recedant somnia. Los ensueños eróticos en la antigüedad pagana y cristiana», en Symbolae Lvdovico Mitxelena Septuagenario Oblatae, ed. J. L. Melena, Vitoria, Universidad del País Vasco, 1985,  vol. 1, pp. 193-219.
  • Quevedo, F. de, «Un Heráclito cristiano», «Canta sola a Lisi» y otros poemas, ed. L. Schwartz e I. Arellano, Barcelona, Crítica, 1998.

P.D.: Por favor, se ruega no psicoanalizar esta entrada.

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