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Yo agradezco

Carta abierta a todos los amigos y colegas.

Tras la defensa de mi tesis doctoral, no puedo resistirme a escribir estas líneas para expresar públicamente mi gratitud. Si el otro día no pude detenerme en este punto, ahora sí quiero agradecer la amistad y el apoyo, los ánimos y consejos de tantos buenos amigos que me han acompañado a lo largo de este camino. Sin ellos, todavía estaría perdido en algún callejón sin salida o, quizás, habría sucumbido a las dificultades. Así que,  ¡ojalá sigan a mi vera mucho tiempo más!

Yo agradezco a mi familia, a mis padres, hermanos y tíos, por ser siempre mi refugio en todo momento y por su constante paciencia. A mi tío Moncho, por ser un espejo en el que mirarse cada día.

A mis pamplonicas (Iosu Pascual, Xabi Soria), por todo, desde siempre. A Juan Ramón Jiménez y María Luisa Delgado, quienes me encaminaron por las páginas de tantos libros y son, en cierta manera, culpables de mi dedicación a la filología.

Yo doy las gracias a mis colegas del GRISO, pues han contribuido decisivamente a que hoy sea lo que soy. Desde un comienzo, Carlos Mata y Mariela Insúa me encaminaron por la senda correcta casi sin que me diera cuenta. Por su parte, mi querido Quique Duarte, que tiene tanto de grande como de bueno y sabio,mientras Álvaro Baraibar, Juan M. Escudero y Jesús M. Usunáriz dan muestra a diario de cómo debe afrontarse todo con esfuerzo, humildad y con la mejor de las sonrisas. Sin olvidar, claro está, el apoyo o las clases de Blanca Oteiza, M. Carmen Pinillos, Miguel Zugasti y Rafael Zafra.

A mis compañeros de carrera (y en especial a Pablo Blanco, Juan Carlos Carrillo y Jorge Sanz). Y a los de doctorado: Fernanda Crespo, Reyes Duro, Nuria Garro, Juliana Peiró y al coronel Manuel Sierra; a los literatos Jéssica Castro, Shai Cohen, la oriental Mariana Moraes, Davinia Rodríguez, Joaquín Zuleta y Ana Zúñiga Lacruz, más mein lieber Freund Felix K. E. Schmelzer. Con ellos solo pasé un año pero, ¡ay!, dio para mucho.

Guardo un profundo agradecimiento a mi gente de Münster, quienes tan bien me hospedaron durante aquel año en Alemania: vayan por delante Javier García Albero, consejero y compañero de fatigas —y su mujer Anne—, pero también Carmen Rivero y Christoph Strosetzki, sin olvidar a Anne Schömann-Finck (jetzt Rolfes), Queralt Castañares y al entrañable László Scholz, entrañable vecino de primavera.

Yo agradezco también a mis nuevos colegas de la Université de Neuchâtel la buena acogida que nos brindaron —tanto a Antonio como a mí— a nuestra llegada a Suiza: Noémie Béguelin Cadoux, Elena Diez del Corral, Vania Maire Fivaz, Natacha Reynaud y Toni Rivas.

A los colegas de la Asociación de Cervantistas José Manuel Lucía Megías, Santiago López Navia, Pepe Montero Reguera, Alicia Villar Lecumberri… Y, más que nada, a mi familia cervantina: Miriam Borham, Paco Cuevas, María Fernández Ferreiro, Gaston Gilabert, José E. López Martínez (aka el Puma) Artem Serebrennikov y a mi muy querido Alfredo Moro. Y a Antonio Barnés Vázquez (que une lo clásico con lo moderno) y Jesús G. Maestro, quien me dio algunas de las primeras oportunidades de publicar mis divagaciones.

Un recuerdo también para los amigos del JISO, con quienes nos reunimos anualmente en Pamplona (de momento) para compartir nuestro fresco (no se entienda mal) entusiasmo por el Siglo de Oro: Lavinia Barone, Benedetta Belloni, Juanma Carmona, Juan Cerezo, Alessandra Ceribelli, Rosa Durá, Francisco Estévez, Rafael Massanet, Elena Nicolás Cantabella (con Pepe), Víctor Sierra Matute, y los riojanos Guillermo Soriano Sancha y Rebeca Lázaro Niso, tan buenos ellos.

Con Calderón de la mano, he disfrutado de la compañía de Wolfram Aichinger y Simon Kroll por los bosques de Viena, o de alguna odisea muy grata con Fred A. de Armas, pero los calderonistas de Santiago de Compostela son, sin duda, uno de los mayores y mejores descubrimientos de estos años: Paula Casariego Castiñeira (alias Nadie fíe su secreto), Isabel Hernando Morata (amante devota de don Fernando), Noelia Iglesias Iglesias (conocida como la dama fantasma), Alejandra Ulla Lorenzo (la mayor encantadora), Alicia Vara (aka Argenis y esposa de don Pedro), Zaida Vila Carneiro (amante, honorable y poderosa), el quevedista Jacobo Llamas y, ante todo, el bueno de Fernando Rodríguez-Gallego que, no por «Judas fingido» deja de ser uno de los amigos y lectores más generosos que conozco. Gracias, pues, a todos ellos por Santiago, Louro y Val do Dubra, entre risas y notas, comas y puntos… siempre, con amistad.

Dentro ya del marco de la tesis, una serie de colegas me han auxiliado ocasionalmente con comentarios y sugerencias valiosas: por eso, gracias a Don W. Cruickshank, Santiago Fernández Mosquera, Luis Iglesias Feijoo, Germán Vega García-Luengos y, ante todo, a Fausta Antonucci. Los miembros del tribunal que tuvieron a bien juzgar mi tesis dieron muestra, a mi juicio, de un esfuerzo y una dedicación admirables que tradujeron en críticas y sugerencias de gran valor, que contribuirán a mejorar mi trabajo. Por ello, merecen toda mi admiración y mi mayor gratitud Juan M. Escudero, Luis Galván, Gonzalo Pontón, Fausta Antonucci y Luis Iglesias Feijoo. Como dije en mi respuesta, pocas veces se recibieron críticas (en el mejor de los sentidos) con tanto gusto.

A Antonio Sánchez Jiménez, ahora mi jefe pero siempre un buen amigo, por abrirme nuevos caminos. Y por hacerlo como solo él sabe, haciendo dulce cada paso.

Y especialmente, yo agradezco al profesor Arellano, mi maestro, por su brillante estímulo y su sabia guía desde mis primeras inquietudes filológicas. A él le debo mucho, casi todo, de lo bueno que pueda escribir a lo largo de mi vida; a él, le debo infinitas lecturas, sorpresas, viajes y, más que nada, la pasión por la literatura del Siglo de Oro. Por todo eso y mucho más, gracias, querido maestro.

Y con esto, que ya es mucho, vale.

Adrián J. Sáez

P.D.: Quien no se haya dado cuenta todavía, he seguido libremente el modelo de «J’accuse», carta abierta de Émile Zola publicado en L’Aurore (13 de enero de 1898), variando un tanto —bastante— función, mensaje y destinatarios.

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